El hombre sin atributos

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El hombre sin atributos

Título: El hombre sin atributos

Autor: Robert Musil

Año de publicación: 1930-1943

Nº de páginas: 1.560

Primera lectura de la obra: año 2007

Segunda lectura de la obra: año 2018

En esta obra (por cierto, monumental y tremendamente ambiciosa), lo primero que advierte el lector, ya pasadas pocas páginas desde el comienzo, es que Robert Musil no se lo va a poner fácil. Esto es algo que a casi todo el mundo echa para atrás; sin embargo hay otro tipo de personas a las que este tipo de retos las estimula. Yo seguramente pertenezco al segundo grupo, porque la verdad es que he disfrutado mucho pese a que en ciertos momentos me quedaba una sensación como de no avanzar en la lectura todo y que las páginas corrían con ligereza. Y es que El hombre sin atributos se caracteriza por su pasmosa lentitud en el transcurrir de la trama; de hecho, casi no hay trama. Todo se reduce a un movimiento elitista llamado Acción Paralela que pretende asentar el futuro de Kakania (Imperio austro-húngaro). Esto lo realiza el autor mediante continuas reuniones de salón en casa de una de las protagonistas principales de la obra: Diotima, mujer muy bella cuya verdadera intención es atraer al acaudalado Arnheim. Como testigo principal de estos vaivenes de salón encontramos al hombre sin atributos a que hace referencia la obra: Ulrich; y luego hay personajes secundarios como, por ejemplo, el general Stumm, quien siempre halla el modo de estar ahí sin haber sido invitado, o el precursor del movimiento, el conde Leinsdorf.
En realidad el libro está plagado de personajes que están descritos minuciosamente, pues podemos encontrarnos desde a un asesino considerado enfermo mental, Moonsbrugger, hasta a personas de la burguesía, como Leo Fischel y su hija Gerda o el matrimonio amigo de Ulrich formado por Walter y Clarisse, o criadas y vasallos como Raquel y el negro Solimán. Si se analizan un poco las intenciones de Musil, se puede observar que el autor intenta desgranar una serie de tipos de personalidad para finalmente abocarlos a ciertos emparejamientos entre ellos.  Al haber parejas que consuman el acto en el Libro Primero, y otras que lo intentan pero fracasan, nos lleva esto a pensar que este primer libro se basta por sí mismo como novela, ya que al final, para confirmar lo que digo, nos encontramos con un pseudofinal, cuando le llega a Ulrich la carta a nombre de su padre comunicándole que éste ha fallecido, y con el hecho de que la Acción Paralela no acaba de cuajar, añadiéndose además la circunstancia de que Arnheim no guardaba buenas intenciones con la ingenua Diotima.
En el Libro Segundo entra en acción un personaje que sólo es citado una vez en el primer libro: Agathe, la hermana de Ulrich. Lo que da pie a la plena entrada en la novela de este personaje es la defunción del padre de ambos. Ulrich deja de lado a sus amantes (Leona y Bonadea) para pasar a concentrarse en su hermana. El Libro Segundo, en el que Arnheim apenas es citado y sólo habla en el último capítulo de este segundo libro, y Diotima apenas aparece -excepto, también, hacia el final, cuando se narra otra reunión en su casa-, y los textos editados póstumamente, nos manifiestan claramente que Musil deseaba dejar de lado la Acción Paralela y concentrarse en el idilio incestuoso entre Ulrich y Agathe. En realidad ésta es una novela que, tomando como partida la enorme variedad de intereses que como humanos tenemos a todos los niveles, los cuales forman parte del grueso de la obra, acaba diciéndonos que las relaciones intentan siempre acabar en lo sexual, de cómo las personas justifican sus actos para a la hora de la verdad irse a lo genitivo y procreador.
Los diálogos me han parecido artificiosos: complejos y poco naturales; no hacen resaltar a unos personajes de otros. La prosa está muy trabajada pero a veces lleva a confusiones, ya que el autor da por entendidas cosas que en cambio para el lector no están tan claras; también, a menudo, da la sensación de que nunca lleva al lector a parte alguna, como de hecho sucede con toda la novela, que es inacabada: parece como si las partes más pequeñas, que nunca acaban, ayudasen a formar un mosaico que tampoco acaba nunca (la novela en sí).  El narrador intenta acaparar desde todos los ámbitos al personaje al cual se dedica en ese momento del libro. Yo diría que es un “narrador impreciso”, a la vez que pienso que el autor hace uso de una “técnica de condensación”; cosas ambas que dificultan la lectura del libro. Hay bastante humor en esta obra, pero es tan sutil, o poco definido, que a menudo al lector le pasa desapercibido. A mi entender, se podía haber narrado el mismo libro de un modo más preciso y más claro; pero reconozco que eso hubiese banalizado muchas partes de la obra, haciéndola descender de nivel en el ámbito literario.
Mi opinión es que nos encontramos ante una de las cumbres de la literatura del pasado siglo, pese a no estar acabada y tener defectos, propiamente literarios, bastante acentuados.
¿A dónde nos quería llevar Musil? Es posible que ni él lo tuviese claro, y precisamente por eso no pudo terminar la novela.

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